Políticas públicas para reconocer y valorar el trabajo de cuidados: qué son y por qué son urgentes

El trabajo de cuidados: una labor invisible que sostiene la sociedad

El trabajo de cuidados no remunerado abarca todas las actividades necesarias para sostener la vida: criar a los hijos, cuidar personas mayores o con discapacidad, cocinar, limpiar, gestionar el hogar. Es el trabajo que hace posible que todo lo demás funcione, y sin embargo no aparece en ninguna nómina ni en el PIB de ningún país.

Según datos de ONU Mujeres, las mujeres realizan aproximadamente tres cuartas partes de este trabajo a nivel global. No porque tengan una inclinación natural hacia él, sino porque décadas de normas culturales, legislaciones omisas y políticas ausentes han construido esa asignación como si fuera inevitable. El resultado es una forma de trabajo que alimenta la economía formal pero permanece fuera de cualquier sistema de reconocimiento, protección o compensación.

Lo que hace especialmente problemática esta invisibilidad es que no es accidental. Los sistemas económicos y jurídicos modernos se diseñaron asumiendo que habría alguien —una mujer— disponible para absorber ese trabajo sin coste. Esa suposición sigue operando hoy, silenciosamente, en cada ley laboral que no contempla las trayectorias discontinuas de las cuidadoras, en cada sistema de pensiones que castiga los años dedicados al hogar, en cada estadística que omite este aporte.

Por qué el Estado debe intervenir: el cuidado como asunto de política pública

La invisibilidad del trabajo de cuidados no es una omisión neutral: es una decisión política con consecuencias directas sobre la desigualdad de género, la pobreza y la exclusión laboral de millones de mujeres.

Cuando el Estado no interviene, el cuidado queda privatizado en el ámbito doméstico y recae de forma desproporcionada sobre las mujeres con menos recursos, que no pueden externalizarlo. Las mujeres con mayor capital económico pueden contratar a otras mujeres —generalmente migrantes o de clases populares— para cubrir esas tareas. La brecha de género no solo persiste: se reproduce y se estratifica.

Las consecuencias son concretas. Las cuidadoras principales tienen tasas de empleo más bajas, salarios menores cuando trabajan, pensiones más reducidas al jubilarse y mayor riesgo de pobreza en la vejez. Esto no ocurre porque elijan mal, sino porque el sistema no ha sido diseñado para reconocer lo que hacen.

El cuidado, desde un enfoque de derechos, implica tres dimensiones: el derecho a cuidar en condiciones dignas, el derecho a ser cuidado cuando se necesita, y el derecho a no cuidar en situaciones de explotación o sin apoyo institucional. Ninguna de estas tres dimensiones puede garantizarse sin políticas públicas activas.

Medir para reconocer: encuestas de uso del tiempo y cuentas satélite

Antes de diseñar cualquier política, es necesario cuantificar el problema. Las encuestas de uso del tiempo son el instrumento estadístico fundamental para hacer visible el trabajo no remunerado: registran cómo distribuyen su tiempo hombres y mujeres a lo largo del día, incluyendo las horas dedicadas al cuidado del hogar y de personas dependientes.

Los datos que arrojan estas encuestas suelen ser reveladores. En muchos países de América Latina, las mujeres dedican entre 20 y 40 horas semanales al trabajo no remunerado, frente a 8-15 horas de los hombres. Esa diferencia equivale, en términos prácticos, a un segundo turno laboral que no se contabiliza en ningún indicador económico convencional.

El siguiente paso es integrar esa medición en el sistema de cuentas nacionales (SCN) a través de las llamadas cuentas satélite del trabajo no remunerado. Este mecanismo permite calcular qué porcentaje del PIB representaría el trabajo doméstico y de cuidados si se valorara a precios de mercado. En varios países donde se ha aplicado, el resultado oscila entre el 15% y el 25% del PIB, lo que da una idea del volumen económico que se está ignorando sistemáticamente.

Sin esta base estadística, cualquier política pública navega a ciegas. Por eso, la implementación de encuestas de uso del tiempo regulares y la construcción de cuentas satélite son, en la práctica, el primer paso de cualquier agenda seria en materia de economía del cuidado.

Tipos de políticas públicas para valorar el trabajo de cuidados

Las políticas para reconocer y valorar el trabajo de cuidados no son una sola medida, sino un conjunto de intervenciones que actúan en planos distintos. Se pueden agrupar en cuatro grandes categorías:

  • Reconocimiento legal y estadístico: incluye la incorporación del trabajo no remunerado en las cuentas nacionales, el reconocimiento explícito en textos constitucionales o leyes de igualdad, y la obligatoriedad de encuestas de uso del tiempo periódicas.
  • Protección social para cuidadoras: pensiones o prestaciones específicas para personas que han reducido su actividad laboral por asumir cuidados, cotizaciones ficticias que computen los años de cuidado como años trabajados, o acceso a la seguridad social para cuidadoras no remuneradas. Las licencias de cuidado —tanto para maternidad y paternidad como para el cuidado de personas dependientes— forman parte de este bloque.
  • Infraestructura pública de cuidados: red de guarderías, escuelas infantiles de jornada completa, centros de día para personas mayores, servicios de atención domiciliaria. La infraestructura de cuidados es la forma más directa de reducir la carga que recae sobre los hogares, especialmente sobre las mujeres.
  • Redistribución y corresponsabilidad: medidas que incentivan —o exigen— que los hombres asuman parte del trabajo de cuidados, y que el Estado y las empresas compartan esa responsabilidad con las familias.

El ODS 5 (Igualdad de género) de la Agenda 2030 incluye explícitamente como meta el reconocimiento y la valoración del trabajo de cuidados no remunerado, lo que proporciona un marco internacional al que los gobiernos pueden anclarse para justificar estas políticas ante sus propias instituciones.

La corresponsabilidad como principio rector: Estado, mercado, familia y comunidad

La corresponsabilidad es el principio según el cual el cuidado no puede seguir siendo responsabilidad exclusiva de las familias —y dentro de ellas, de las mujeres—, sino que debe distribuirse entre el Estado, el mercado, la comunidad y los hogares.

Un marco útil para entender cómo operacionalizar este principio es el de las cuatro R: reconocer el trabajo no remunerado como trabajo real con valor económico; reducir su carga mediante servicios públicos y tecnología; redistribuir su ejecución de forma más equitativa entre géneros y entre actores sociales; y representar a las cuidadoras en los espacios donde se toman las decisiones que afectan sus vidas.

Este enfoque es importante porque evita una trampa frecuente en las políticas sociales: compensar a las mujeres por cuidar sin cuestionar por qué siguen siendo ellas quienes cuidan. Una política que solo otorga una pensión a la cuidadora, sin acompañarla de medidas que redistribuyan el cuidado hacia los hombres y el Estado, puede terminar consolidando el problema en lugar de transformarlo.

La corresponsabilidad exige, por tanto, que las licencias de cuidado sean intransferibles para los padres (no solo disponibles), que las empresas sean corresponsables mediante flexibilidad laboral real, y que el Estado invierta en infraestructura de cuidados como lo hace en carreteras o en educación: como una condición básica del funcionamiento social.

Obstáculos frecuentes en la implementación de estas políticas

Las barreras para implementar políticas de cuidado son reales y conviene nombrarlas sin eufemismos, porque identificarlas es condición para superarlas.

Restricciones presupuestarias: construir una red pública de cuidados requiere inversión sostenida. Muchos gobiernos priorizan otros sectores o argumentan que no hay recursos, ignorando que la inversión en cuidados genera empleo (mayoritariamente femenino), reduce la pobreza en la vejez y aumenta la participación laboral de las mujeres, lo que amplía la base fiscal.

Resistencias culturales: la idea de que el cuidado es una responsabilidad natural de las mujeres está profundamente arraigada. Políticas que cuestionan esa norma —como licencias de paternidad obligatorias o servicios públicos que sustituyen el cuidado familiar— suelen enfrentar resistencia tanto en sectores conservadores como en familias que han construido su identidad alrededor de esos roles.

Fragmentación institucional: el cuidado toca a la vez los ministerios de trabajo, salud, educación, bienestar social e igualdad. Sin coordinación interinstitucional, las medidas quedan dispersas, se solapan o se anulan entre sí. Varios países han creado sistemas nacionales de cuidados precisamente para resolver esta fragmentación, con resultados dispares según el grado de compromiso político.

Invisibilidad estadística persistente: sin datos desagregados por sexo sobre uso del tiempo y carga de cuidados, es difícil argumentar con precisión ante los tomadores de decisiones. La falta de encuestas regulares perpetúa el círculo: no hay datos, no hay políticas, no hay datos que midan el impacto de las políticas.

Hacia un sistema de cuidados justo: el papel de la ciudadanía y la incidencia política

Los cambios en materia de cuidados no llegan solos: históricamente han sido impulsados por movimientos feministas, organizaciones de mujeres cuidadoras y alianzas entre sociedad civil e instituciones comprometidas. La ciudadanía tiene un papel activo que jugar.

A nivel local, los municipios pueden ser espacios de innovación: crear centros comunitarios de cuidado, financiar servicios de respiro para cuidadoras, incorporar el enfoque de cuidados en la planificación urbana o realizar diagnósticos locales con encuestas de uso del tiempo. No todo requiere una ley nacional para empezar.

A nivel nacional, la incidencia política pasa por exigir que las encuestas de uso del tiempo se realicen con regularidad y sus datos se publiquen, que las reformas de pensiones incluyan mecanismos de compensación para cuidadoras, que las leyes de igualdad incorporen obligaciones concretas en materia de cuidados, y que los presupuestos públicos sean analizados con perspectiva de género para detectar cuánto —o cuán poco— se destina a sostener el sistema de cuidados.

La agenda del cuidado no es una agenda de mujeres para mujeres. Es una agenda de sociedad, porque el cuidado sostiene a toda la población en algún momento de su vida. Reconocerlo como tal es el primer paso para construir políticas que estén a la altura de su importancia real.

Preguntas frecuentes

¿Qué diferencia hay entre trabajo de cuidados remunerado y no remunerado?

El trabajo de cuidados remunerado es el que se realiza a cambio de un salario: empleadas del hogar, auxiliares de geriatría, educadoras infantiles. El no remunerado es idéntico en contenido pero se realiza dentro del hogar sin compensación económica ni reconocimiento legal. Este artículo se centra en el segundo, que es el que permanece invisible en los sistemas estadísticos y jurídicos.

¿Cómo se calcula el valor económico del trabajo doméstico y de cuidados?

Existen varios métodos. El más utilizado es el del coste de reemplazo: se calcula cuánto costaría contratar a alguien en el mercado para realizar las mismas tareas y se multiplica por las horas dedicadas. Otro método es el del coste de oportunidad, que estima qué salario habría ganado la cuidadora si hubiera dedicado ese tiempo a trabajo remunerado. Ambos se integran en las cuentas satélite del sistema de cuentas nacionales.

¿Existe algún país que haya implementado con éxito un sistema nacional de cuidados?

Uruguay es el ejemplo más citado en América Latina: desde 2015 cuenta con un Sistema Nacional Integrado de Cuidados que combina servicios para primera infancia, personas mayores y personas con discapacidad, con un enfoque explícito de corresponsabilidad de género. En Europa, los países nórdicos tienen los sistemas de cuidados más desarrollados, con alta cobertura pública y licencias parentales que incentivan la implicación masculina. Ningún sistema es perfecto, pero estos casos demuestran que la implementación es posible con voluntad política sostenida.

¿Las pensiones para cuidadoras son una política viable en contextos de recursos limitados?

Sí, aunque requieren diseño cuidadoso. Una opción de bajo coste inicial es reconocer los años de cuidado como años cotizados dentro del sistema de pensiones existente, sin crear una prestación nueva. Esto mejora las pensiones futuras de las cuidadoras sin un gasto inmediato elevado. Las prestaciones directas para cuidadoras actuales son más costosas pero también más urgentes para mujeres mayores que ya no pueden incorporarse al mercado laboral.

¿Qué pueden hacer los municipios o gobiernos locales para reconocer el trabajo de cuidados?

Los gobiernos locales tienen más margen del que suele reconocerse. Pueden crear o ampliar redes de guarderías y centros de día, establecer servicios de atención domiciliaria para personas mayores, realizar diagnósticos locales sobre distribución del trabajo de cuidados, incorporar el tiempo de cuidado en los planes de movilidad urbana, y crear registros de cuidadoras para conectarlas con recursos y apoyos. La escala local permite experimentar, aprender y generar evidencia que luego puede escalar a políticas nacionales.

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